• Columna 7

CLAMOROSO TRIUNFO DEL CRISTIANISMO

Por: Álvaro Echeverri Uruburu.


La Semana Santa que acaba de pasar, celebración religiosa que rememora la Pasión y muerte de Cristo, ha servido para efectuar una reflexión histórica acerca de una pregunta que no ha dejado de formularse durante dos mil años: ¿Cómo la religión creada por Jesus de Nazareth, en el año primero de la era a la cual él mismo dio inicio, pudo imponerse sobre las antiguas creencias religiosas helenísticas y a aquellas otras venidas del oriente y que ejercieron poderoso atractivo para muchos sectores de la intelectualidad del Imperio Romano?


Porque las paradojas de este triunfo son inocultables. Por ejemplo, ¿cómo explicar que una religión nacida en una provincia “bárbara” y lejana del Imperio, levantisca y recalcitrante a asimilar la cultura helenística, a diferencia de todos los demás pueblos conquistados por Roma pudo ganar la mente de los civilizados romanos?


¿Qué atractivo podía tener una religión que exaltaba la muerte y el sacrificio de un Dios, en vez de su triunfo sobre aquella, la muerte, por medio de su resurrección, haciendo, por el contrario, del instrumento infamante del suplicio, la cruz, su símbolo y distintivo?


Esta paradoja es tan notable pues contradice al gran difusor de la doctrina cristiana, Pablo de Tarso, cuando dijera: “Si cristo no resucitó, vana es nuestra fe” (1a. Carta a los Corintios, 15;14).


Y otra paradoja más: ¿porqué las creencias cristianas terminaron desplazando a otras religiones salvíficas, esto es, que predicaban una vida más allá de la muerte (el deseo eterno de los hombres de prolongar la existencia) y que por tanto, otorgaban a muchos habitantes del Imperio un consuelo que las religiones tradicionales no proporcionaban?


Pero ¿cuál fue el cristianismo que terminó imponiéndose, no solo sobre las demás religiones rivales, si no sobre distintas visiones o corrientes que interpretaban el mensaje de cristo?


Porque como lo han señalado la mayoría de los estudiosos, a finales del Siglo I de nuestra era, por lo menos existían 10 tendencias que se reputaban como auténticas depositarias del mensaje cristiano y que podrían agruparse en tres fundamentales:


Los Judeo-cristianos: Cuyos representantes eran los 12 apóstoles, pero que habían acogido a muchos intérpretes renovadores de la ley mosaica y que por tanto, no creían que Cristo hubiese fundado una nueva religión sino que su papel había sido tan sólo el de darle un carácter más espiritual y menos ritualista a la religión hebrea.


A esta corriente no podían ingresar más que los miembros de esa raza y algunos no judíos –a los que llamaban “gentiles”– que aceptasen la práctica de la circuncisión y las costumbres alimentarias, supuestamente ordenadas por Dios en el Antiguo Testamento.


Los gnósticos: De los cuales tenemos pocas referencias pues fueron excluidos del cristianismo y sus obras condenadas y desaparecidas. Esta corriente consideraba que las enseñanzas de Cristo contenían un mensaje oculto y secreto que constituían la clave de la salvación eterna y que sólo los gnósticos podían conocer y sólo ellos, por tanto, podían alcanzar.


La corriente Paulina: Nacida a partir del proselitismo enérgico y sin descanso de Pablo de Tarso y que contó con la herramienta de difusión de sus cartas o epístolas, dirigidas a las distintas comunidades de cristianos que iba formando a lo largo de sus continuos viajes por todas las Regiones de la parte oriental del Imperio Romano.


Este hombre nacido en una ciudad rica gracias al comercio, en el seno de una comunidad judía de la “diáspora” (judíos dispersos por distintas regiones) pero que estuvo necesariamente en contacto con la cultura helenística, cumplió un papel tan definitivo en la expansión del cristianismo que muchos han considerado a Pablo de Tarso como el verdadero fundador de esta religión.


El predominio de la corriente Paulina dentro del cristianismo primitivo y que, gracias a ello le permitió ser el vehículo de difusión definitivo y más poderoso de ésta religión tuvo que ver, con la desaparición de la corriente judeo-cristiana, (a la cual Pablo se había enfrentado por su estrechez para asimilar a los paganos) –los llamados por ellos “gentiles”– a raíz de la guerra Romano-judía del año 66-70 y que terminó con la toma de Jerusalén por las legiones romanas del futuro emperador Tito y la destrucción del Templo de Salomón, sede del culto de la religión mosaica.


Los gnósticos, condenados como herejes –el concepto de “herejía” y la condena subsiguiente es una herencia de la religión judaica– sus libros condenados y destruidos, desaparecieron silenciosamente.


La visión Paulina triunfante, se encargará de representar a un cristianismo todavía inconexo, sin sitios de culto y sin libros sagrados propios (precisamente los primeros textos cristianos serán las Epístolas de Pablo a las pequeñas comunidades que él iba creando en sus incansables viajes proselitistas).


El profesor emérito Antonio Piñero de la Universidad Complutense de Madrid, estudioso científico de Jesús de Nazaret –el personaje histórico– y de los orígenes del cristianismo, ha señalado tres factores para el triunfo de esta religión, gracias a la actividad proselitista de Pablo de Tarso, a saber:


1.- El Escepticismo de la mayoría de los habitantes del imperio con respecto a las viejas religiones mitológicas y el surgimiento de importantes grupos de individuos que se acogían a religiones de salvación como los Cultos a Mitra, a la madre Cibeles o a Isis, o a los cultos de Purificación y salvación del santuario de Eleusis, en Grecia.


2.- Pablo eliminó las barreras que impedían que los no judíos accedieran al cristianismo, como la circuncisión, que era inaceptable para los romanos que asistían desnudos a los gimnasios y a los baños públicos y en donde los circuncidados eran objeto de burlas y escarnio. Esta posición lo había enfrentado a la iglesia madre de Jerusalén y en particular a Pedro, el jefe de ésta y a la familia de Jesús, encabezada por su hermano Santiago, tal como lo destaca un estudioso de la Historia del cristianismo Paul Johnson a partir del propio relato de Pablo sobre sus contradicciones con esta primera comunidad de creyentes.


3.-El cristianismo tomó del judaísmo la práctica de conformar un fondo con las donaciones y limosnas de los creyentes más ricos, para asistir a los más pobres de la comunidad. Cuando más adelante la iglesia vaya creando una organización burocrática, según el modelo de la burocracia Imperial, dentro de ésta, los diáconos serán los encargados de guardar y administrar estos recursos para garantizar las actividades caritativas de cada iglesia particular.


La superioridad del cristianismo frente a las religiones Salvíficas se la dio precisamente, la creación de una poderosa Teología por parte de Pablo que incorporó en su elaboración un lenguaje filohelenistico, despojando las creencias judías de base de sus elementos primitivos y bárbaros.


En segundo lugar Pablo se entronca con el “mercado religioso de la época” como lo señala Piñero, pero haciendo lo más sencillo v.gr.; no hay que ir a Grecia para practicar los ritos de purificación y salvación del templo de Eleusis; no hay que reproducir ningún rito del sufrimiento padecido por el Dios de estas religiones –el dolor de Demeter por la pérdida de su hija en el Hades– ni estos ritos son secretos ni ocultos a los cuales pocos pueden acceder. Los ritos cristianos son sencillos: inmersión en las aguas del bautismo y resurrección simbólica con Cristo y abiertos a todos los que deseen “escuchar la Palabra”. Esa “sintonía” con el “mercado religioso de la época”, tiene como público-objeto al gran número de personas que buscan una religión de consuelo que ofrezca una vida eterna después de la muerte, cosa que las viejas religiones mitológicas nunca pudieron ofrecer. Dentro de este grupo de personas, las primeras que Pablo busca para sus prédicas y conformar sus comunidades de primeros cristianos, son los que él llama los “hombres temerosos de Dios”. Son romanos y de otras etnias que admiran la religión de los judíos ( Filojudíos) que asisten a las sinagogas que funcionan en las principales ciudades del Imperio donde residen numerosos judíos de la “diáspora” (para esta época existen más judíos fuera de Palestina que los que habitan en ella).


Un elemento no menos importante para el triunfo del cristianismo, es lo que Piñero llama de manera exagerada, la creación de una seguridad social. Tomada esta de las tradiciones judías de acuerdo con las cuales, con las limosnas y donaciones de los creyentes se constituirá un fondo, mediante el que se atendía a los miembros más pobres de la comunidad como viudas, huérfanos, enfermos, etc. Esta actividad caritativa del cristianismo era muy atrayente, sobre todo para los más pobres, pues, por ejemplo, una mujer que perdía a su marido, tenía que vender muchas veces a varios de sus hijos como esclavos para no padecer de hambre ella y los hijos que permanecían a su lado. Las niñas nacidas de matrimonios pobres eran arrojadas a los basureros y a las cañerías públicas. La asistencia que proporcionaba la comunidad eclesiástica en alguna pequeña porción ayudaba a eliminar estas lacras de la sociedad antigua.


Bajo estos factores de éxito el cristianismo tuvo un crecimiento importante, sin duda, pero no extraordinario. Así, cuándo llegamos al 313 d.C., fecha en la cual Constantino declara la tolerancia del culto cristiano –no es todavía su proclamación como religión oficial del Estado– de los 60 millones de habitantes del imperio, menos del 10% es decir, unos 7 u 8 millones eran cristianos.


Pero años después, durante el reinado del Emperador Teodosio I, las conversiones al cristianismo se hacen masivas, bajo un régimen de violencia y terror contra los no cristianos que conduce a un número enorme de conversiones forzadas.


Bajo este Emperador, que declaró al cristianismo como religión oficial del Imperio, se inicia una política de persecución inmisericorde contra, lo que los jefes de la iglesia llaman, los “Locos paganos”: se destruyen en todas las ciudades del Imperio cientos de templos de las antiguas divinidades; se derriban y mutilan las estatuas antiguas, –entre ellas las más bellas esculturas de las metopas del Partenón de Atenas, así como la escultura de la diosa Atenea que había permanecido vigilando desde las alturas de la Acrópolis esta ciudad durante 1000 años; se destruye el más hermoso templo de la antigüedad, el Serapeum en Egipto, que guardaba parte de la biblioteca de Alejandría– depositaria del saber de la antigüedad; se prohíbe la enseñanza de la filosofía clásica; la más célebre filósofa de la civilización helenística, Hipatia de Alejandría, es despedazada por una turba de fanáticos cristianos; la Academia Platónica, después de existir 1000 años a.C. es clausurada y sus miembros deben salir al exilio. Los últimos sacerdotes de la religión egipcia, los únicos que podían leer la escritura jeroglífica, son asesinados en el templo de Isis en la isla de Philae en el Nilo. Esta escritura y la civilización que la produjo, permanecería así desconocida por casi 2000 años por causa del asesinato de sus últimos representantes a manos del fanatismo religioso que se apoderó de los cristianos del Siglo IV.


Al final de esta ola de persecuciones, infamia y sangre, el Imperio Romano estaba habitado exclusivamente por creyentes cristianos.


Catherine Nixey, quien ha escrito sobre este sobrecogedor y poco conocido periodo de la historia un importante libro titulado “La edad de la penumbra. Cómo el cristianismo destruyó el mundo antiguo”, concluye así su relato:


“Menos de cincuenta años después de Constantino, se anunció la pena de muerte para quien se atreviese a ofrecer sacrificios a los antiguos dioses. Poco más de un siglo después, en el 423 d.C. desde el cristianismo gobernante se anunció que se eliminaría a cualquier pagano que aún sobreviviera. Aunque añadía con confianza de manera ominosa. <<no creemos que quede ninguno >>” (Teodosio II).

Sin duda un triunfo total y clamoroso del cristianismo.

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