• Columna 7

BOLÍVAR Y EL SUEÑO IMPOSIBLE DE UNA GRAN NACIÓN LATINOAMERICANA

“La América es ingobernable para nosotros”.

“El que sirve una revolución ara en el mar”.

“La única cosa que se puede hacer en América es emigrar…”


Simón Bolívar.


Por: Álvaro Echeverri Uruburu.


“De Boyacá en los campos…”


La batalla del puente de Boyacá el 7 de agosto de 1819, que a pesar de sus pequeñas dimensiones desde el punto de vista militar, permitió consolidar el importante triunfo del Pantano de Vargas ocurrido trece días antes.


Algo extraordinario se produjo ese día. Un general, varias veces derrotado en múltiples batallas en su patria, refugiado en un rincón del Orinoco y cuando la guerra de independencia en Venezuela se encontraba, por decirlo gráficamente, “en tablas” con las tropas realistas al mando del “pacificador” Pablo Morillo, decide trasladarse desde ese lejano lugar con un ejército de llaneros desarrapados, atravesar con ellos las sabanas anegadas por las incesantes lluvias, ascender por los picos helados de la cordillera de los Andes, donde pierde una tercera parte de hombres y vituallas y caer sobre el ejército español que controlaba el centro del territorio del Virreinato de la Nueva Granada que había sido reconquistado para el Imperio Español, a sangre y fuego tres años antes por el “pacificador”.


Ganada así la independencia de la Nueva Granada, las victorias militares de Bolívar se suceden una tras otra: Carabobo, Bomboná, Pichincha y las definitivas de Junín y Ayacucho que terminan arrebatándole a España sus dominios sobre Venezuela, la costa norte de lo que hoy es Colombia, el sur de éste país hasta la antigua Audiencia de Quito –que Bolívar llamará Ecuador– y por último el país de los virreyes, el Perú.


Una gran Nación


Sin Ecuador y sin el sur del país, todavía no liberados del poder español, lo mismo que Panamá que no se incorporará a Colombia sino hasta finales de 1821, pero con un territorio que en extensión superaba al imperio europeo de Napoleón, Bolívar desde su sede en Angostura en el Orinoco venezolano, convoca a un Congreso Constituyente que debería reunirse a comienzos de ese año en una ciudad intermedia entre Venezuela y la Nueva Granada, con el fin de expedir una Constitución que organizase la gran nación, salida de la espada del libertador y que situada en el norte del continente suramericano serviría de punto de contención de las ya evidentes ambiciones expansionistas de los Estados Unidos, con respecto a los cuales el Libertador siempre se mostró receloso.


Solo la ignorancia o el afán del actual presidente de Colombia por congraciarse con el gobierno norteamericano pudo llegar a afirmar un inexistente respaldo de esa nación al proceso independentista suramericano.


Por ejemplo, en 1812 ante la solicitud de apoyo de la recién creada República venezolana dirigida al gobierno de los Estados Unidos para enfrentar la arremetida militar de los realistas al mando del General Monteverde, el Congreso norteamericano produjo una declaración en la cual negaba cualquier tipo de apoyo a los nuevos gobiernos independizados de España hasta tanto alcanzaran un verdadero status de naciones.


Y es que de entrada la nación norteamericana había declarado su neutralidad en el conflicto que enfrentaba a la monarquía española con sus antiguas colonias de América, con fundamento en la intervención que España en conjunto con la Francia de Luis XIV habían prestado a la independencia de las trece colonias originales de la colonia británica.


De otra parte, “los Estados Unidos aspiraban a comprarle la Florida a España y se negaron por tanto, de manera terminante a venderle armas a los rebeldes hispanoamericanos…. esta escasez de armas tendría nefastas consecuencias en la guerra de independencia…” ( Marie Arana “Bolívar libertador de América, pág. 206).


El juicio sobre el libertador de algunos personajes influyentes de los Estados Unidos fue altamente negativo. Así por ejemplo, William Henry Harrison que había conocido a Bolívar durante su campaña del Perú y que más tarde sería presiente de la nación norteamericana, en una carta agresiva e insultante dirigida al libertador, se atrevería a decirle; “¿Está usted dispuesto a que su nombre descienda a la posteridad entre la masa de aquellos cuya fama se deriva de derramar sangre humana, sin un solo beneficio para la especie humana?...”


John Quincy Adams, igualmente presidente de los Estados Unidos, había sostenido que, “la conducta de Bolívar ha sido equívoca durante años como líder militar, su trayectoria ha sido despótica y sanguinaria…”


El sueño frustrado


La ambición Bolivariana de construir una gran nación, constituida por Venezuela, la Nueva Granada, Panamá y Ecuador enfrentó distintos factores adversos que conspiraron para su realización.


En primer término, la extensión territorial sometida a diversos accidentes geográficos, sin vías de comunicación adecuadas, con diferentes economías y que durante el largo periodo de dominio colonial no habían tenido relaciones entre sí.


Las diferencias de temperamento entre venezolanos y granadinos pronto entrechocaron, haciendo muy difíciles las relaciones entre el centro, vale decir, Bogotá y Venezuela. Estas se enrarecieron a lo largo de los años, agravadas por la falta de tacto del vicepresidente Santander que ejerció la presidencia en ausencia de Bolívar mientras este adelantaba la campaña libertadora del Perú.


El excesivo centralismo de la Constitución de Cúcuta de 1821 –modelo de todos los centralismos posteriores– impuesto por Bolívar a la organización territorial de la naciente república, aunque tenía para él justificaciones históricas, como la necesidad de la unidad gubernamental para enfrentar con éxito futuros intentos de reconquista española, no resultó el sistema más adecuado para integrar territorios tan disímiles en aspectos económicos, sociales y culturales como los que existían entre regiones a las cuales el gobierno español había sometido al aislamiento y la incomunicación.


También es cierto que el libertador contribuyó al desastre de su proyecto al insistir, en contra de una fuerte oposición encabezada por Santander, en implantar en Colombia su Constitución Boliviana con su presidente y senado vitalicios que respondía a su idea de un gobierno fuerte para contrarrestar el desorden y la anarquía que él creía era la deriva fatal de unas sociedades sumidas durante siglos en la ignorancia y el atraso.


Santander, que tenía todas las cualidades del político hábil y poco escrupuloso, apeló a la mentira y a los chismes para desacreditarlo haciéndolo aparecer como un ambicioso detentador del poder absoluto e incluso, de aspirante a una corona real.


De otra parte las aspiraciones de los caudillos militares, en particular de Páez en Venezuela y de Flórez en Ecuador por hacerse a un poder territorial personal terminó dinamitando el proyecto Bolivariano.


Mientras Bolívar pensó siempre en una gran nación en la esquina norte de la América del sur, con panamá uniendo los dos océanos por medio de un canal “Como el de Corinto” y todavía más aún, en una confederación andina que incorporara a Perú y a Bolivia, nacidas igualmente de su espada, aquellos jefes mezquinos, de estrechas miras solo pensaron en gobernar sus “republiquetas” del tamaño de sus estrechas visiones.


7 de Agosto de 1819; Batalla de Boyacá, Mayo de 1821; Constitución de Cúcuta de 1821, fechas estas que estamos conmemorando, la primera, el comienzo de la realización del gran sueño Bolivariano, la segunda, la que sentó las bases para el derrumbe de ese sueño.

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