• Columna 7

ALEGRANDO LA VIDA

Actualizado: jul 19

Por: Elsie Betancourt.


La magia de la amistad está en todos nosotros; se siembra, se riega, se pone al sol, se le quita el monte para que pueda crecer libre. Un amigo se asemeja a un hermano. Las primeras amistades que se construyen por ejemplo, desde la infancia, son inolvidables. Esas (las amistades), son las que nos conocieron antes de que supiéramos qué íbamos a ser cuando grandes: músicos, pintores, vagos, médicos, deportistas, etc… mantienen las características del amor, la lealtad, la solidaridad, la incondicionalidad, la sinceridad, el compromiso que se fortalece con el trato asiduo y el interés mutuo a lo largo del tiempo.


La amistad no solamente surge con quienes tenemos más afinidades sino que aparece entre personas muy dispares. A veces ese es el factor que fortalece la relación porque las diferencias en caracteres, modos de ver las cosas, costumbres, compartir los buenos y malos momentos de la vida, encienden la chispa del entendimiento y se sosiega el espíritu. El amor en el matrimonio se propone que dure para siempre y el voto que se hace, así lo establece. Sin embargo, la amistad, no atada a más compromiso que el afecto recíproco tiende a fortalecerlo. Menos mal… porque con el tiempo todo se transforma. En mi experiencia, vi en mis padres, una relación de 74 años basada en la comprensión, tolerancia y amor. Un ejemplo inspirador… que a pesar de ser ambos personas con distintos caracteres y modo de ser, supieron acoplarse con todos los altibajos que se pueden presentar en una relación de convivencia tan larga y fueron sorteados admirablemente por el amor que se tenían.


En este mundo “hollywoodesco” y globalizado, vemos que las relaciones basadas en la inmediatez, la superficialidad y lo que está de moda, no permiten crear vínculos de amistad y de amores duraderos y sólidos. Me gusta leer la frase “los amigos son la familia que escogemos y nuestros compañeros de vida”. Un buen amigo siempre estará a nuestro lado, en los buenos y en los malos momentos, sin exigencias, sin esperar nada; te abrazará cuando estés triste y secará tus lagrimas del mismo modo que te sacará tu mejor sonrisa, celebrará tus logros, te acompañará en los fracasos. Una amistad verdadera es para toda la vida y de ahí la importancia de valorar cuáles son aquellas amistades que vale la pena que permanezcan a nuestro lado.


Aprender a distinguir un buen amigo de un compañero puede ser difícil. Por ejemplo, me he puesto a analizar los grupos a los que uno pertenece y más en esta pandemia; los que le proporcionan de alguna forma alegría y se integra uno, recibiendo dosis de reconocimiento muy importante para el autoestima (no confundir con el ego) y amor propio. Cuando se generan esos sentidos de pertenencia, se rompe la soledad por la buena energía que se recibe de éstos. Las aficiones comunes unen mucho. Yo por ejemplo estoy en un coro virtual, que me saca de la monotonía del encierro y me divierto cantando con mis compañeros.


Si bien es cierto que todos tenemos algún que otro amigo, éstos se pueden contar con los dedos de una mano ya que es muy difícil para el cerebro humano establecer vínculos tan fuertes como la amistad y que perduren a lo largo de los días y en contra de todas las adversidades. Siempre he oído decir que quien tiene un amigo tiene un tesoro… creo que es verdad. Los buenos amigos son un bálsamo para la vida y un antídoto contra las enfermedades físicas y emocionales. El que es amigo sabe que no es nuestra madre, ni nuestro confesor y menos nuestro psicólogo. Es el que comparte los momentos difíciles de manera espontánea y sencilla. Si sabe que uno está “frito”, invita a un helado, a dar una vuelta… si sabe que uno sufre, estará a nuestro lado de una forma callada y no invasiva.


Los amigos (afortunados los que los tenemos) son como chispas en la vida que entonan, iluminan y le dan un tinte chévere a la amistad…. Lazo invisible, vínculo de afecto que perdura en el tiempo…

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