• Columna 7

“A ORILLA DE LOS RÍOS DE BABILONIA…” (Parte I)

Por: Marcos Rafael Rosado Garrido.


Arriba: Arte babilónico. León esmaltado de la Puerta de Isthar. Museo de Pérgamo. Berlín.


Oraciones, salmos, proverbios, toda expresión religiosa oral o contenida en un libro sagrado como la Biblia, no solo transmite la doctrina respectiva o la sapiencia de los autores, también la convicción de su conveniencia, cargada de fe, para alcanzar o soslayar circunstancias deseadas o adversas. Así, la oración a San Judas Tadeo servirá para conseguir pareja, la de Santa Rita para imposibles.


Consejos y comentarios del Eclesiástico son prodigio de sabiduría que aun cuando no se esté en la situación comentada place leerlos. Vida vivida y observada en sus pros y contras, consignada para una armonía existencial, para una paz propia en conjunción con la ajena.


Con las oraciones igual. El Credo, en cualquier versión, es venero testimonial de fe. Martín Lutero encontró el aval teológico a su concepción de la Justificación por la fe –alcanzar el perdón de los pecados con un acto de contrición sin intermediación de la Iglesia– en la frase “creo en el perdón de los pecados…” en esa oración.


De niño recuerdo por su contenido y redacción, al Señor mío Jesucristo y al Yo pecador; ya mayor, al tomista Adoro te devote con su simbólico “pelícano piadoso Jesús, Señor…”

Mayoría de veces, oraciones, lecturas sagradas, son abordadas sin saber el porqué de su existencia y razón histórica de su elaboración. Si se conoce, sin mucha profundidad, es por las catequesis y los comentarios en los distintos rituales cristianos. Comprensible, la masa de fieles no es, ni tiene porque ser, experta en ciencias bíblicas, historia de las religiones o arqueología de lugares sagrados o vinculados a creencias sacras.

A nivel académico o cultural, la visión cambia pues, profundizando en su contenido, cotejando con períodos históricos coevos conocidos, permite encontrar detalles más precisos, aumentando los conocimientos sobre culturas y civilizaciones e, incluso, obtener decantado creer, una mejor fe.

Es el caso del Salmo 137(136) Balada del desterrado o Lamento de los afligidos, que nos ubica en el año 587 a. C. cuando Nabucodonosor II y sus aliados asaltan a Jerusalén, llevan cautivos a los israelitas a Babilonia, y comienza lo conocido en nuestra religión como La cautividadde Babilonia; nombre con el cual despectivamente, se conocerá, posteriormente, la estancia del papado en la ciudad de Aviñón (1305-1378) bajo la influencia y protección del rey de Francia.


Ese momento histórico no es exclusivo de las culturas de la Franja sirio-palestina y de la babilónica de Mesopotamia; tiene proyecciones tremendas en las judeo-cristiana e islámica, y en la conocida como cultura cristiano- occidental que abarca a Europa y América.


Ubicado el salmo en el contexto que le da vida, encontramos situaciones de geopolítica, aunadas a la egolatría de gobernantes, que nos prueban al ser comparadas con las actuales, que la naturaleza humana sigue invariable.


Los faraones egipcios tratando de ampliar su imperio e influencia en la zona, por tres veces entraron en conflicto con los babilonios de Nabucodonosor II. En el 605 a. C., fueron derrotados en la batalla de Karkemish por los ejércitos de Babilonia, toda Siria y Palestina pasaron a manos de los victoriosos mesopotámicos, e Israel a vasallo de aquel imperio.


Hacia el 601 a. C., otro faraón, Necao II, convenció a los israelitas de aliarse contra los babilonios haciéndoles toda clase de promesas, y estos aceptaron. Nabucodonosor volvió a derrotar a los egipcios en 598 a. C.

En esta ocasión Jerusalén fue saqueada por primera vez por los babilonios en el año 597 a. C., como lo constata el segundo libro de los Reyes, incluyendo el templo construido por Salomón. Hubo igualmente una primera deportación de personajes prominentes judíos.

Por el año 588 a. C., Joffra, un nuevo faraón, intentó recuperar la influencia egipcia en la zona, los israelitas se les unieron entusiastamente pensando en su libertad. Fue la definitiva sumisión a Nabucodonosor II. Este déspota oriental derrotó a los del Nilo y a sus aliados judíos en el año 587 a. C., Jerusalén y el templo de Salomón fueron saqueados y el segundo incendiado y, al rey judío Sedecías se le sentenció a presenciar la ejecución de su hijos para posteriormente ser cegado y trasladado a Babilonia.


Esta deportación fue más selecta y paulatina, durante un quinquenio, y según el profeta Jeremías fueron unos 1.600 hombres adultos, que sumados a los 3.000 de la primera deportación serían aproximadamente 5.000: intelectuales, políticos, y los más ricos, que además fueron despojados de sus bienes para ser rematados o vendidos a los judíos que permanecieron en Israel, lo cual al regresar los exiliados, casi setenta años después, creó serios enfrentamientos socio económicos y políticos entre los que regresaban reclamando sus bienes y los que habiendo permanecido por no haber sido exiliados, los habían adquirido muy por debajo de su precio a los babilonios.


Mario Liverani, catedrático de la Universidad de Roma La Sapienza, en su libro El antiguo oriente (Crítica 1995) explica el fenómeno partiendo de hechos históricos que configurarían una psicología social en el pueblo “escogido”.

Para justificar la reivindicación de tierra y bienes dejados atrás al ser llevados a Babilonia, los repatriados acudieron al recuerdo de la esclavitud en Egipto y al éxodo con Moisés, y a la conquista por Josué de la Tierra prometida en los siglos XI y XII a. C., Compararon aquello con la deportación a Babilonia y posterior retorno a Israel en el siglo VI a. C., e hicieron valer su psicológico concepto político–religioso de que los judíos que habían permanecido en Israel debían devolver los bienes reclamados por los exiliados retornados y, que samaritanos, y otros pueblos cananeos debían marcharse por ser aquella tierra la prometida por Dios para que Israel viviera y se reprodujera.

Guardando proporciones y perspectiva histórica, aquel fue el criterio para el regreso a Palestina en 1.948, después del Holocausto nazi, y constituirse el Estado de Israel. Esta vez expulsando a la población árabe, apropiándose de los territorios y expandiéndose a costa de los palestinos y vecinos, colocando al mundo en una cuerda floja. Aquí encontramos contemporáneamente las proyecciones de “aquellos entonces”.


Pero veamos las otras circunstancias, las que configuraron la nueva mentalidad israelita sobre el Dios único y universal, transmitieron los mitos mesopotámicos (sumerios, acadios, asirios) a través de lo babilonios y, siendo acogidos por el judaísmo, llegaron al Cristianismo y al Islam.


En realidad, los babilonios no intentaron destruir la estructura político-administrativa de Israel. No buscaron hacerlo desaparecer como Estado asimilándolo, simplemente tomaron como medida de prevención a futuras rebeliones el exilio y control de su clase dirigente. Al joven rey Joaquín, hijo de Yoyaquim y sobrino de Sedecías, a quien se le consideró no culpable de la última sublevación, se le permitió mantener una corte en Babilonia, subvencionada por Nabucodonosor. Había consideraciones evidentes.


Los israelitas se adaptaron a los nuevos tiempos sin perder su identidad, costumbres y religión: Pero sí se darían cambios –imposible que no en casi siete décadas de convivencia– en este último aspecto y en la visión del mundo.


Al integrarse a la cotidianidad babilónica, con bastante aceptación por sus capacidades mercantiles, lo que les permitió ejercer como banqueros de la época, los israelitas incluso sirvieron como agentes diplomáticos por sus experiencias vividas en su trato con otros pueblos y potencias de entonces.


La historia del deportado Daniel (Libro de Daniel), no escrita en griego koiné, latín, hebreo, sino en arameo, lengua de Cristo y de Palestina en aquellos tiempos, narra la importancia e influencia de aquel judío ante la corte del mismo Nabucodonosor y en la de su hijo Baltasar, al interpretar el famoso sueño del primero, y la inscripción aparecida en la pared durante el festín del segundo: Mené, mené, tequel y parsín (Daniel 5. 14).


Daniel, escogido con otros jóvenes hebreos para aprender el idioma caldeo y entrar al servicio de Nabucodonosor, servirá igualmente a Darío, cuando Babilonia caiga en poder del Imperio medo-persa. A este período pertenece el pasaje de Daniel en el foso de los leones.


Arriba: Daniel en el foso de los leones. Pedro Pablo Rubens.(1615) National Galery of Art. Washington D.C


Si bien el Libro de Daniel fue escrito en el siglo II a. C., casi trescientos años después de lo que narra, siendo apócrifa su autoría, es importante para comprender la gran influencia que los israelitas tuvieron en la corte babilónica. En una sociedad donde la oniromancia tenía un lugar privilegiado en la conciencia de sus hombres, que un extranjero ocupase el oficio de interpretar los sueños de su divinizado rey, era la mejor prueba de hasta donde habían calado los hebreos en esa civilización.


Pero lo crucial dentro de este fenómeno fue la especie de ósmosis que se produjo de la cultura babilónica en los exiliados hebreos, relativa a su visión de la unicidad del cosmos como un todo, su matemática y geometría con la cual medían y demostraban sus concepciones sobre las leyes que regían al universo, y sus formidables conocimientos en astronomía.


Aquellos conocimientos cambiaron en la mentalidad judía la percepción de su historia misma, la cual comenzó a ser redactada y recopilada, ubicada en un todo universal y no dentro de una simple localización geográfica.

Esto condujo a revalorar conceptos como el de la pluralidad de dioses, y que haciendo abstracción, el poder de tantas divinidades se concentrara en un solo dios omnipotente y omnisciente. El paso del politeísmo al monoteísmo por los judíos, fue un prodigio de evolución y elaboración mental, que hasta ahora se proyecta y mantiene.

Izq. El profeta Jeremías prevé la destrucción de Jerusalén.Rembrandt. (1630) Rijksmuseum. Amsterdam.

FIN I PARTE.




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