• Columna 7

6.402 VÍCTIMAS DE FALSOS POSITIVOS, VERGÜENZA MUNDIAL, IMPUNIDAD NACIONAL

No se trata... de minimizar un crimen aberrante comparándolo con otro, si no de destacar la banalización de la destrucción cotidiana de miles de vidas humanas ante el silencio indiferente del mundo como si fuera inevitable, resultado del curso natural, o, más aún, como si no sucediera (negación).”


Eugenio Raúl Zaffaroni. Tratadista y exmagistrado de la Corte Interamericana de D.D.H.H.


Por: Álvaro Echeverri Uruburu.


La Jurisdicción Especial para la Paz (JEP), acaba informar al país que las víctimas de los mal llamados “falsos positivos” no eran 2.248, cómo lo había registrado hasta ahora la Fiscalía General de la Nación, sino que ese número correspondía al triple, esto es, 6.402 civiles inocentes asesinados y presentados por los mandos militares como guerrilleros muertos en combate. El nuevo registro equivale a tres veces el número de” ejecuciones extrajudiciales” ocurridas durante los 17 años de Dictadura de Augusto Pinochet en Chile. Por contraste, el 70% de las víctimas denunciadas por la JEP sucedieron durante 7 años (2002-2008) correspondiente al gobierno de Álvaro Uribe Vélez, en el cual ocupó el Ministerio de defensa- responsable de vigilar la conducta del personal militar- Juan Manuel Santos Calderón.


Las divergencias en las cifras de víctimas entre la Fiscalía y la JEP parecería explicar la determinación presidencial de centralizar y proporcionar información estadística sobre el número de asesinatos ocurridos en masacres, así como de las muertes de líderes sociales, en cabeza de la Fiscalía. No sabemos si esta decisión ha tenido como propósito minimizar el horror y disimular la incapacidad gubernamental para impedirlo.


De otra parte, como si los crímenes cometidos por las antiguas FARC pudiesen ocultar o desviar la atención de los asesinatos de personas inocentes y ajenas al conflicto interno- algunas calificadas con el infamante apelativo de “desechables” y cuyas muertes se sabía que nadie denunciaría-, cometidos por miembros de las fuerzas militares ya hace más de 13 años, el presidente Ivan Duque ha salido a decir: “ esperamos avances de la JEP frente al reclutamiento de menores y el secuestro” y, siguiendo la estrategia empleada a lo largo de su gobierno de desprestigiar sistemáticamente a este organismo de la justicia transicional, añadió: “la justicia no debe hacerse por micrófono”.


Los crímenes de los “falsos positivos”, que en los términos de la gran filósofa Hannah Arendt son la expresión de “un mal extremo e inexplicable”, nos permiten efectuar las siguientes cortas reflexiones, apelando precisamente a uno de los conceptos más conocidos de esta intelectual alemana, “la banalidad del mal” o la “banalización del mal”.


Clarificando dicho concepto, la profesora Cristina Sánchez Muñoz, sostiene que este ha venido siendo empleado de manera extendida pero inadecuada para referirse, por ejemplo, a los crímenes de Pablo Escobar hasta el uso del glifosato y de su impacto en la salud humana; desde las acciones violatorias del Derecho Internacional Humanitario cometidas en cualquiera de los conflictos internacionales actuales ( Afganistán, Irak, Siria, etc.) hasta los crímenes de las guerrillas de izquierda y los grupos paramilitares de derecha.


Este empleo generalizado ha terminado por devaluar el concepto, de banalizarlo precisamente, desconociendo el significado y el alcance que Arendt quiso darle.


La filósofa acuñó el concepto a propósito del juicio que el Estado de Israel adelantó contra uno de los mayores ejecutores del holocausto judío, Adolf Eichmann, capturado en Argentina donde se había ocultado después de terminada la Segunda Guerra Mundial.


Lo que Arendt constató de este personaje fue su carácter de hombre normal, que no destacaba por nada especial y que se encontraba lejos de la imagen del criminal desalmado. Durante el juicio alegó en todo momento su inocencia, justificando su conducta en el cumplimiento del deber, entendido a la manera kantiana como un “imperativo categórico”.


El médico psiquiatra nacido en Martinica, Frantz Fanon en 1961 publicó un célebre libro llamado “Los condenados de la Tierra”, prologado por Jean Paul Sartre. Relata Fanon cómo los militares franceses que se encargaban de torturar a los miembros del movimiento de liberación contra la dominación francesa en Argelia después de largas sesiones de suplicios a los cuales sometían a los capturados de ese movimiento, llegaban a sus casas a abrazar a sus hijos, jugar con ellos y leerles cuentos a la hora de dormir. Eran, cómo Adolf Eichmann , hombres normales, demasiado normales.


Es esta la característica del “mal banal” o de la “banalización del mal”: Los crímenes son algo intrascendente que en nada altera el curso normal de la vida del sujeto. La intrascendencia de los crímenes no generaron, por tanto, sentimientos de culpa. No se piensa. Es el reino de la total inconsciencia moral.


En el caso de los “falsos positivos”, quienes los cometieron, oficiales, suboficiales y soldados, eran personas normales, sin aparentes inclinaciones al delito, pero que como Eichmann en la Alemania Nazi, hicieron parte de una “feroz maquinaria” de muerte, puesta en funcionamiento bajo las inhumanas consignas del General Mario Montoya para la época de los hechos comandante del Ejército, de “no quiero heridos, quiero muertos, quiero litros de sangre...”


Siguiendo estas terroríficas consignas, los miembros de las fuerzas militares involucrados en los crímenes, ejecutaron con meticulosidad la tarea de eliminar a cientos y miles de ciudadanos inocentes, cumpliendo con las cuotas de muertos que les fueron asignadas por los mandos superiores. Los medios de comunicación que por estos días, a propósito del informe de la JEP, han venido recapitulando esta tenebrosa historia, han destacado la forma sistemática y “perfeccionista” con la cual actuaron dichos militares, como si se tratara del planeamiento de una operación bélica cualquiera.


Algo que ciertamente desconcertó a Hannah Arendt como ya lo señalamos, fue el hecho de que Adolf Eichmann era una persona tan normal que difícilmente podría calificársele de psicópata asesino o de “perverso moral”. Como se ha visto en las versiones rendidas ante la JEP por algunos de los oficiales y suboficiales acusados de los crímenes de los “falsos positivos”, estos no aparentan ser personas a las cuales se pueda atribuir un carácter “per se” maligno. Es más, la mayoría ha confesado su responsabilidad en los hechos y manifestado arrepentimiento sincero. Otros, por el contrario, cómo lo diría la filósofa alemana, se han exhibido como “terroríficamente normales”.


Se trató pues, en definitiva en este caso, de acciones continuadas, difícilmente calificable de aisladas, realizadas de manera rutinaria como si se tratase de una actividad más, propia de las fuerzas militares, dentro de una estructura burocrática militar, lo cual “favoreció la evaporación de la responsabilidad y la desvinculación moral de las acciones” (Sanchez Muñoz), al poderlas atribuir a órdenes superiores inapelables de conformidad con el ordenamiento jerárquico-disciplinario de las Fuerzas Armadas.


Hasta aquí la caracterización de la “banalidad del mal” en el caso de los “falsos positivos” ocurridos en Colombia, siguiendo la conceptualización de Hannah Arendt. Pero en nuestro caso, estos crímenes han introducido un elemento adicional que clarifica todavía más y acerca el concepto de “banalidad” a su significado más preciso: lo “banal” es sinónimo de trivial esto es, aquello que carece de importancia.


Porque sin duda lo que más desconcierta y conturba a cualquier persona sana mentalmente, es como crímenes inconcebibles fueron ejecutados por motivaciones absolutamente triviales. En efecto, los asesinatos en gentes humildes, campesinos, indígenas, personas con discapacidades mentales, indigentes, tuvieron como móvil de parte de los agentes que los cometieron, la obtención de permisos, vacaciones, viajes a sitios turísticos del país o del exterior e, incluso, pagos monetarios. Para los comandantes de tropa, la motivación tuvo que ver con el cumplimiento de las cuotas de muertos mensuales (150 muertos para las brigadas y 300 para las divisiones), de lo cual dependía que se les mantuviera en sus cargos y evitar, por tanto, que se decretara su baja del Ejército.


En el caso colombiano la “banalidad del mal” en los “falsos positivos” no sólo residió en los sujetos criminales (personas supuestamente normales, pero insensibles al mal que provocaban, sometidos a una máquina burocrática que aliviaba cualquier sentimiento de culpa), si no en el carácter trivial de las motivaciones que condujeron a estos crímenes. ¡Qué triste aporte del país al concepto de “banalidad del mal” de la gran filósofa alemana!.


N.B.- Nos hemos enterado, dos días antes de que este artículo sea publicado en Columna 7, del lamentable deceso del Profesor Marcos Rosado Garrido, con el cual, infortunadamente tuvimos una corta pero fructífera amistad que nos permitió compartir nuestros intereses y valiosos intercambios de ideas. Santa Marta y las Universidades del Magdalena y Sergio Arboleda de la ciudad, han perdido a un excelente académico y maravilloso ser humano. Nuestras sentidas condolencias a su familia.

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